Cap Cana

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Los hermanos Hazoury, impulsores de Cap Cana, un ambicioso proyecto inmobiliario y turístico emplazado en el este de la República Dominicana, eran unos artistas consumados del birlibirloque en los negocios. Uno de sus referentes era Donald J. Trump y lo buscaron para usarlo como gancho en sus planes.

Miguel Ángel Ordóñez Anula es Premio Ortega y Gasset de Periodismo. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense, tiene también estudios de doctorado en Historia.

Durante años escribió para el diario El País desde la República Dominicana, donde desarrolló una exitosa carrera periodística, a la vez que fue profesor y director de la Escuela de Comunicación de la Universidad Católica Santo Domingo.

Fue redactor de Rumbo, subdirector de Diario Libre y jefe de informativos de Antena Latina TV. También ha sido director de Prensa y Protocolo del Ayuntamiento de Marbella.

Es autor, entre otros, de El Caso Malaya, Dos siglos de bribones y algún malandrín, así como de Cachito, cachito mío: las partes y otros pedazos de personajes de la historia.

Con Ediciones Plan B ha publicado con anterioridad, Negocios de bajos vuelos con gran éxito de ventas, y, ahora, este, su último trabajo de investigación, Cap Cana: los osados aprendices de Donald Trump.

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Los hermanos Hazoury, impulsores de Cap Cana, un ambicioso proyecto inmobiliario y turístico emplazado en el este de la República Dominicana, eran unos artistas consumados del birlibirloque en los negocios. Uno de sus referentes era Donald J. Trump y lo buscaron para usarlo como gancho en sus planes. El neoyorquino se prestó confiado y publicitó con entusiasmo el proyecto hasta en su programa televisivo The Apprentice.

Poco después, con la excusa del estallido de la burbuja inmobiliaria, Cap Cana dejó en la estacada a varios cientos de compradores, bonistas, bancos y proveedores. Con una deuda en torno a los setecientos cincuenta millones de dólares, también dejaron de pagar a Trump. Versado en todo tipo de jugarretas, el futuro presidente de EE.UU. vislumbró y luego comprobó que sus aprendices se habían creído más listos que él y le habían sisado quince millones.

Osados, habían ideado todo un plan que les enriqueció desorbitadamente, a costa de sus acreedores y del Estado dominicano. Forzaron una quiebra aparente sin más salida para los perjudicados que la quita de deuda (al más puro estilo Trump) y la aceptación como pago de terrenos sin valor. Duchos en sus tratos políticos, los dueños de Cap Cana lograron que la nación, a través del Banco de Reservas, encajase un agujero de doscientos cincuenta millones de dólares. En medio de la opacidad más absoluta, se adueñaron de los mejores solares a precio de vaca muerta, mientras fluía a sus manos dinero sospechoso a espuertas: básicamente, de venezolanos enriquecidos por la corrupción y el narcotráfico del régimen chavista, algunos de ellos perseguidos por la justicia de EE.UU., cuyos agentes federales llegaron a registrar lujosas villas en el megacomplejo, justo con Donald Trump en la Casa Blanca.